Revista Ciencia


Ningún objeto a lo largo de mi vida me ha despertado una curiosidad tan profunda como el Códice Madrid. Lo he estudiado durante casi 20 años desde diversas perspectivas. Le he hecho infinidad de preguntas, he escrito y hablado mucho de él, y aunque únicamente lo he visto en dos ocasiones, puedo decir que me fascina tal vez más por lo que no sé de él que por lo poco que sí conozco.

Alguna vez les decía a mis alumnos que estudiar un códice era como estar enamorado de alguien. Lo primero es, por supuesto, darse la oportunidad de conocerlo, de verlo, aunque sólo sea de lejos (o en foto). Hay a quienes los códices no les llaman la atención, simplemente no les gustan. Pero a otros nos parece que hay en ellos algo; algo que no podemos explicar, pero que nos atrae. Hasta que empezamos a mirarlo y mirarlo, y paulatinamente comenzamos a familiarizarnos con él, y vamos identificando sus distintas partes, hablamos de él con otros, lo mostramos, incluso se establece una relación única, estable, y que produce un gozo intelectual muy particular. Entonces, por la atracción tan especial que ejerce sobre uno, empezamos a aplicar algunas de las técnicas y metodologías propias de la disciplina que la universidad nos ha enseñado, y mediante ellas pretendemos analizarlo y aun interpretarlo. Lentamente se mete en nuestra vida académica hasta que, casi sin darnos cuenta, forma parte sustancial de ella. Y aunque con el paso del tiempo nuestras investigaciones tengan otros caminos, el códice siempre nos acompaña.

Por ello, escribir este artículo no me ha parecido una tarea sencilla, pues debo referirme al códice que más me gusta y que he estudiado más. ¿Qué puedo decir de él en un espacio tan corto? ¿Describirlo? ¿Explicar su contenido? Como historiadora estoy acostumbrada a referirme al pasado lejano. Sin embargo, en esta ocasión deseo compartir las profundas experiencias que he tenido al consultar el manuscrito original, y cómo un químico, ajeno al universo de los códices, me ha enseñado a mirar hacia el futuro de los códices. Pero antes de comenzar esa historia, es necesario referirme a algunos datos básicos del Códice Madrid.

Es un libro maya, realizado sobre papel de amate, doblado como biombo, recubierto con una capa blanca de calcita y cuidadosamente pintado. No hay duda sobre su filiación cultural. El sistema de escritura que contiene es el jeroglífico maya, que se desarrolló a finales del siglo III de nuestra era, y que continuó hasta el siglo xvi, en un territorio que comprende los estado mexicanos de Campeche, Yucatán, Quintana Roo y una parte de Tabasco y Chiapas, así como Belice, Guatemala y parte de Honduras y El Salvador. Los ejemplos del uso de amate como uno de los soportes de la escritura maya son muy pocos. En sentido estricto sólo contamos con otros dos ejemplos: los códices de Dresde y de París.

Extendido mide unos 6.82 metros; sin embargo, hoy no forma una sola tira, como debió serlo cuando estaba en uso. Desde mediados del siglo xix está dividido en dos secciones, una llamada troana, que mide 4. 28 metros, y otra, cortesiana, de 2.54 metros. Esta enorme tira de papel indígena estaba plegada a manera de biombo, por lo que sus primeros estudiosos denominaron “páginas” a cada uno de los tramos entre los dobleces. Por ello, hoy decimos que tiene 56 láminas (de 12.2 centímetros y de 23.2 centímetros) cuyas dimensiones varían un poco, dependiendo del tamaño en que fueron dobladas y del desgaste que han sufrido a lo largo del tiempo.

El papel se obtenía de la corteza interior del árbol del kopó, un ficus cuyas ramas son muy largas, y dan la idea de raíces aéreas. De ellas los mayas obtenían largas tiras (esto explica el formato de los códices mayas) que machacaban y doblaban cuidadosamente. La imprimatura que les permitía escribir sobre una superficie blanca y tersa seguramente se la ponían estando la preparación líquida, sumergiendo el papel.

Cuando los escribas tenían listo el papel con la imprimatura, comenzaban a “escribir pintando”. Ésta es la expresión maya con la que aluden a la capacidad de escribir un códice, pues no implicaba únicamente conocer los signos y emplearlos acertadamente, sino que conlleva un proceso creativo que se distingue a través de la comparación de los textos de los diferentes escribas. A diferencia de otros textos mayas, encontramos en sus libros sagrados, además de glifos, otro tipo de signos que se conocen entre los especialistas modernos como “figuras”, cada una realizada con tal cuidado y maestría que mirar al microscopio estas imágenes es un verdadero placer.

La tarea de los escribas comenzaba delimitando el espacio de cada lámina con una gruesa línea de color ocre-rojizo. Si bien es claro que esta especie de marco que presenta la mayoría de las páginas de los libros mayas tiene una función estética, pienso que además tenía un sentido simbólico. Creo era el de demarcar el espacio en el que más tarde se registraría el lenguaje sagrado de los dioses. Es, a mi modo de ver, semejante al de la delimitación espacial que se realiza durante un ritual, con el fin de dividir el espacio profano del sagrado. A continuación, el escriba dividía cada lámina, ya fuera mediante dos líneas o tres, en sentido horizontal, y calculaba el número de láminas que cada texto requeriría. Desconozco los criterios que seguían para determinar el tamaño de un texto. Hay algunos que abarcan en sentido horizontal más de dos páginas; otros, en cambio, abarcan apenas una columna. Así, la lectura de la mayoría de los almanaques en este códice se efectúa de izquierda a derecha y de arriba abajo.

El Códice Madrid es un libro adivinatorio, pues mediante los diferentes almanaques se daban a conocer los augurios relacionados con las diversas cargas del calendario sagrado de 260 días. Cada almanaque, a su vez, se compone de tres elementos indisolubles: un registro calendárico que comprende un ciclo completo de 260 días -en los que únicamente se registran las fechas relacionadas con augurios específicos-, un texto jeroglífico, e imágenes de dioses. Por ello, en los estudios modernos se hace referencia directamente al calendario, los pronósticos y los dioses.

El códice contiene diversos temas, que van desde la cacería de venados hasta las lluvias y las cosechas. Era un libro en el que los sacerdotes contestaban las preguntas concretas que los consultantes les hacían, para conocer las diversas acciones que debían realizar en relación con temas como las siembras, la apicultura y otros asuntos de la vida cotidiana. Por ello, presenta variedad en los temas y en la manera de desarrollarlos.

Pienso que lo escribieron al menos ocho especialistas, pues es posible reconocer los distintos estilos y las diferencias intrínsecas a los textos de cada uno, aunque cada uno se inscribe dentro de un estilo que caracteriza a este manuscrito.

En el mundo académico del siglo xxi se le llegó a conocer como Códice Madrid. Evidentemente, estos dos términos son europeos, puesto que fue escrito en una lengua maya por hombres mayas, en algún punto del área maya, en las últimas décadas previas a la llegada de los españoles. Tuvo un nombre en maya y muy probablemente perteneció a un sacerdote. Hoy nada de esto sabemos con precisión.

En cambio, conocemos la historia relacionada con sus distintos nombres. Sin embargo, más que hablar de cómo fue “descubierto” en el siglo xix, cómo fue bautizada cada una de sus partes y cómo fue adquirido por las autoridades españolas, me parece más importante hablar de su actual ubicación en la ciudad de Madrid, España, y las condiciones en que hoy se encuentra. De hecho, su contexto es privilegiado, pero no por residir en la capital española, prerrogativa que comparte con otros valiosísmos manuscritos de tradición indígena, sino por las magníficas condiciones de seguridad y conservación en que se encuentra, que hasta donde yo sé son únicas.

En el mundo académico del siglo xxi se le llegó a conocer como Códice Madrid. Evidentemente, estos dos términos son europeos, puesto que fue escrito en una lengua maya por hombres mayas, en algún punto del área maya, en las últimas décadas previas a la llegada de los españoles

La historia que yo puedo narrar comienza en el otoño de 1996, cuando viajé a Madrid para conocer el manuscrito original, después de haberlo estudiado durante más de diez años, y tener escrita lo que entonces creí que sería la versión definitiva de mi tesis de doctorado. Sentía un profundo entusiasmo al pensar que pronto lo vería. Había hablado por teléfono unas semanas antes con la directora del Museo de América, la doctora Paz Cabello, quien me había autorizado a consultar el original. A mi llegada a sus oficinas, con cordialidad me atendió y le pidió al subdirector del museo, Félix Jiménez Villalba, que llamara al jefe de conservación, Andrés Escalera Ureña. Creo que el haber conocido a don Andrés fue uno de los puntos esenciales para mi comprensión sobre el códice desde otra perspectiva, por lo que hoy me parece fundamental comunicar las enseñanzas de este gran profesional.

Una vez que fuimos presentados, y la doctora Cabello y el doctor Jiménez le explicaron cuál era mi intención, don Andrés Escalera dijo que él no estaba de acuerdo con que se consultara el original del códice.

Me dijo: “Mire señora, le voy a explicar qué es un códice.”

Con soberbia me reí para mis adentros. ¿Cómo un químico, español, me iba a explicar a , qué es un códice? ¡Pero, qué gran lección me dio!

“Un códice –continuó– es una ‘pintura mural’, sobre un soporte flexible. Cada vez que se abre y se pasan las hojas se despega la pintura de su soporte. Si usted lo consulta contribuirá a su destrucción.

”Mi función –añadió– es conservar el acervo del museo. Sé bien que este códice es uno de los grandes tesoros del museo, y aunque soy el jefe de conservación, nunca lo he tocado, pues mi función aquí no es conservarlo para que usted lo vea, ni para que sus hijos lo vean, sino conservarlo para las siguientes 500 generaciones. No me pertenece a mí; el museo lo tiene como un testimonio del mundo prehispánico americano y como tal lo va a conservar, siguiendo las normas internacionales y aplicando en la medida de lo posible los nuevos conocimientos y los recursos técnicos.”

En ese momento pensé que nadie debía consultar jamás el original del Códice Madrid. Afortunadamente, don Andrés también me enseñaría varios años después cómo es posible consultarlo sin deteriorarlo.

Le contesté que tenía toda la razón, que estuviera seguro que no había en el mundo una persona que le interesara el códice más que a mí; que ese documento era parte esencial de mi vida profesional.
Entonces me ofreció una solución alternativa y me dijo: “Si ya terminó su estudio, dígame qué dudas tiene, qué quiere saber del documento. Puede consultar las fotografías que sirvieron para el facsímil, con el microscopio las puede trabajar todo el tiempo que necesite. Estoy seguro que con ellas se resolverán sus dudas.”

Nos dirigimos hacia su laboratorio y ahí me instaló junto al enorme microscopio, me enseñó a manejarlo y me dio la copia que conserva el Museo de América de las bellísimas fotografías del original del Códice Tro-cortesiano, que la Editorial Testimonio tomó para la edición facsimilar conmemorativa del V Centenario del Encuentro de Dos Mundos. Durante más de dos horas estuve cotejando las fotografías con la edición facsimilar austriaca-mexicana (edición de Tomas Lee) y con otras fotografías del siglo xix del Códice Madrid que llevaba conmigo. De vez en cuando se acercaba y comentábamos algo sobre el documento. Llegó el momento de ir a tomar un café, y entonces don Andrés me hizo varias preguntas sobre el códice, sobre lo que sí se sabe del documento, sobre su historia, sobre el nombre, sobre el lugar singular que ocupa en el mundo maya. En el ambiente relajado de la cafetería, poco a poco se convenció de que yo conocía el manuscrito, y de que verdaderamente lo quería conservar, aunque en ese momento no sabía cómo.

El Códice Madrid es uno de los libros más valiosos del mundo maya. A pesar de que de esa región mesoamericana proviene la tradición de escritura más larga e ininterrumpida de América, y de que las fuentes coloniales nos hablan de una gran cantidad de códices, lamentablemente sólo se conservan tres fragmentos de libros jeroglíficos: el de Dresde, el de París y el de Madrid. Sabemos que aun en tiempos prehispánicos se les consideraba muy frágiles; estaban diseñados para mantenerse cerrados, guardados y sólo ciertos especialistas religiosos, cuando era necesario, los sacaban y consultaban, después de hacerles diferentes rituales.

El Códice Madrid posiblemente estuvo en uso en tiempos cercanos a la conquista, y aunque ya no conserva las cubiertas que lo protegían, el número de páginas que tiene es el más cercano al de los códices completos prehispánicos. En las representaciones que se conservan de éstos, se ve que eran libros gruesos.

Desde 1941 hasta 1988 el códice estuvo en exhibición en el Museo de América de Madrid, hasta que en 1989 fue tratado por el Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Cul-
turales de España. Actualmente, el original ya no se exhibe. En su lugar está una copia fiel, junto con una breve explicación acerca del contenido de este códice que se encuentra en la segunda planta del Museo de América, en el área 5, titulada La Comunicación, donde se presentan “los sistemas empleados en América para registrar y transmitir información” en tiempos prehispánicos.

Una vez que regresamos del café, don Andrés Escalera recibió unas llamadas telefónicas e hizo otras. Entonces me dijo que había llegado el momento de ver el códice. Me dijo que bajaríamos a la bóveda de seguridad, y que yo sólo podría llevar lápiz y papel. Sacó la combinación de la bóveda de seguridad y llamó a los guardias para que abrieran las puertas que protegen la bóveda. Aunque yo sabía que el códice se encontraba en la bóveda, no imaginaba realmente cómo y dónde estaba. El personal de seguridad y él abrieron la bóveda, encendieron las luces y pudimos pasar. Pocas veces se abre ese recinto, que siempre está oscuro, y que tiene regulada la temperatura. Ahí están resguardados distintos tesoros americanos, como algunas magníficas piezas de plata de más de dos metros de altura. Varios anaqueles metálicos contienen objetos de plata. Otro anaquel, con cajones, contiene objetos de oro. Sobre ese mueble se encontraba una caja rectangular de unos 60 por 40 centímetros, con una altura de 40 centímetros, cerrada. ¡Ahí estaba el Códice Madrid! Era una caja impermeable, sellada, que contenía un gel de sílice, con el que se mantenía constante la humedad dentro del recipiente.

Me acerqué al códice con todo el respeto, admiración y curiosidad de que soy capaz. Una emoción indescriptible me invadió y pensé que no tenía derecho a tocar un documento sagrado para los mayas, cuyo contacto estaba restringido sólo a los iniciados


El personal de conservación introdujo en la bóveda dos mesas largas, y varios pliegos de cartón neutro. Limpiaron cuidadosamente las mesas, colocaron el cartón, se pusieron guantes y entonces quitaron el sello de la caja que resguarda al Códice Tudela y al Códice Madrid. En el interior estaban tres cajas, una con el Tudela, y dos con el Madrid, pues cada una de las secciones tenía su caja de cartón neutro, a la medida. Me preguntaron que cuál quería ver primero, y comenzamos con la Troana.

Éste fue para mí un momento muy significativo. Pensé que todas las dudas y las incógnitas se resolverían. Me acerqué al códice con todo el respeto, admiración y curiosidad de que soy capaz. Una emoción indescriptible me invadió y pensé que no tenía derecho a tocar un documento sagrado para los mayas, cuyo contacto estaba restringido sólo a los iniciados; un libro en el que estaba plasmada, en caracteres sagrados, la voluntad divina, según el pensamiento maya. Me pregunté cuáles eran los rituales que se le hicieron periódicamente a este testimonio de la antigua fe y si realmente hombres ajenos a la antigua tradición maya teníamos derecho a abrirlo, a tocarlo, sólo con una perspectiva profana. Entonces me prometí a mí misma que como mexicana, como mayista y como estudiosa de los códices, no lo tocaría. Esa sería mi humilde y dolorosa ofrenda a los dioses mayas. Aunque me fue muy difícil respetar mi promesa, la cumplí. Durante una semana estuve observando el Códice Madrid. Quienes pasaron las hojas fueron don Andrés Escalera, y otros miembros del personal del Museo de América.

Les pedí que no extendieran el códice, sino que lo observáramos viendo a la vez dos páginas, y que se pusiera un soporte debajo del códice, para que éste no se maltratara. Don Andrés aceptó mi sugerencia. El códice estuvo en contacto sólo con papel neutro y no se extendió. Durante el segundo día, don Andrés mandó instalar el potente microscopio dentro de la bóveda de seguridad. Fue una tarea difícil hacerlo pasar por la puerta de la bóveda, debido a sus grandes dimensiones. Era obvio que resultaba más fácil sacar el códice que meter el enorme microscopio. Pero también era claro que el códice es mucho más valioso y mucho más frágil que el microscopio. Así, mesas, microscopio, cámaras y personal nos trasladamos a la bóveda. Un guardia siempre estuvo en la entrada, fuera de la bóveda.

Durante mi primera conversación con las autoridades del Museo de América sobre mi futura consulta al códice, solicité ver el documento en un lugar bien iluminado. Afortunadamente don Andrés estaba ahí para proteger al códice de mí –que soy la persona que más valora ese documento, pero que entonces no tenía más que el enfoque de la historiadora estudiosa del códice, que sólo miraba al pasado. La luz no es la mejor amiga de un manuscrito. Esto ya lo sabían los antiguos sacerdotes mayas. En otros términos, un químico español me enseñó a pensar en su futuro. Me hizo darme verdadera cuenta del compromiso que tenemos los estudiosos de los códices de conservarlos. Me enseñó, desde otra perspectiva, qué es un códice.

Con gran atención observamos página por página del manuscrito sagrado, sección por sección, color por color. Fue una tarea lenta, pues una vez que pasábamos cada página, no la regresábamos (el códice tiene 112 páginas). Con su generosidad, paciencia, experiencia y conocimientos sobre pintura, pudimos distinguir escribas y tareas, así como pigmentos y tintes. Su destreza en el manejo del microscopio y su afán por comprender el códice me permitieron tomar algunas fotografías. Es posible percibir a través de ellas el fino trazo y la maestría de los antiguos pintores-escribas mayas.

Don Andrés dijo que sería conveniente colocar este documento extendido, entre dos vidrios, en una cámara de gas inerte, dentro de la bóveda de seguridad del Museo, donde estaría sin ningún tipo de luz, y en un ambiente constante

Entonces don Andrés me dijo que aunque el manuscrito original está resguardado en un recinto antibombas, de alta seguridad, con la luz, la humedad y la temperatura controladas y éstas condiciones son aceptadas internacionalmente como buenas, no eran las ideales. Dijo que sería conveniente colocar este documento extendido, entre dos vidrios, en una cámara de gas inerte, dentro de la bóveda de seguridad del Museo, donde además de estar protegida, estaría sin ningún tipo de luz y en un ambiente constante. Esto garantizaría su conservación durante muchos siglos, a la vez que permitiría la fácil y rápida consulta de quienes estén interesados en el documento, sin que éste se deteriorara.

En el mes de marzo de 2004 volví a Madrid. Llamé por teléfono a don Andrés y con su singular calidez me dijo que por supuesto que podría ver el códice de nuevo. Cuando nos saludamos personalmente, con toda la serenidad de que es capaz quien tiene experiencia y un gran conocimiento de lo que hace, me dijo: “Ahora sí, ¡lo puedes ver el tiempo que quieras!”

De momento no entendí ese cambio tan drástico de actitud ante la consulta del códice, pero cuando bajamos a la bóveda vi que se había colocado ya al códice en esa magnífica vitrina de la que me había hablado. Creo que fue una de las más gratas sorpresas que he tenido en mi vida académica. Ahora está extendido, entre dos vidrios, en una cámara de gas inerte. Lo consulté, lo fotografié. Revisé algunos aspectos del papel de amate que tenía interés en cotejar. Como siempre, don Andrés me siguió enseñando con gran generosidad, paciencia y buen humor, pero sobre todo con su gran profesionalismo.

Bibliografía

Cabello Carro, Paz (1986), “Un siglo de coleccionismo maya en España: de 1785-1787 a 1888”, en Los mayas de los tiempos tardíos, Madrid, Sociedad Española de Estudios Mayas, Instituto de Cooperación Iberoamericana, págs. 99-120.

S/A (1992), Códice Tro-Cortesiano (facsimilar), introducción de Ma- nuel Ballesteros Gaibrois, estudio crítico de Miguel Rivera Do- rado, Madrid, Ministerio de Cultura, Quinto Centenario, Testimonio, Compañía Editorial.

S/A, (1989) “Códice Tro-Cortesiano”, en Memoria de los trabajos realizados por el Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales, Madrid, Ministerio de Cultura.

S/A (1985), Los Códices Mayas, introducción y bibliografía de Tho- mas A. Lee, jr., México, Edición Conmemorativa X Aniversario, Universidad Autónoma de Chiapas.

Sotelo Santos, Laura Elena (2002), Los dioses del Códice Madrid. Aproximación a las representaciones antropomorfas de un libro sagrado maya, Programa de Maestría y Doctorado en Estudios Mesoa- mericanos, México, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM.


Laura Elena Sotelo Santos es doctora en estudios mesoamericanos e investigadora del Centro de Estudios Mayas del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde actualmente se desempeña como secretaria académica. Sus líneas de investigación son la religión y la iconografia aplicada a códices.

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