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Uno de los mayores logros alcanzados por el ser humano en su largo y brillante camino ha sido sin lugar a dudas la escritura. Cuando logró manifestar, por medio de la escritura, sus ideas y sus deseos, sus angustias o sus ilusiones, adquirió indiscutiblemente uno de sus más preciados bienes, uno de sus atributos más caros.

La escritura surgió gracias a la inmensa creatividad humana, que ambiciosa e inconforme, discurrió formas para recoger la palabra y forjarla de manera que se pudiera ver; fue un complejo proceso intelectual mediante el cual el hombre tomó la decisión de sacar deliberadamente su pensamiento al exterior y hacerlo visible.

Al principio se trazarían solamente líneas sencillas que señalaban direcciones, puntos y círculos que indicaban cantidades; más adelante empezarían a representar la fauna, la flora, quizás los cuerpos celestes o la propia figura. Eran los primeros esfuerzos por conservar gráficamente su pensamiento, su palabra.

Este portento, empero, no fue universal; esta capacidad de transferir lo abstracto en concreto, lo audible en visual, fue lograda solamente por unas cuantas culturas que tuvieron el potencial necesario para desarrollar dicha magnificencia. Entre ellas se puede contar a los mesoamericanos, que tuvieron el genio para diseñar, de manera autónoma, su propio sistema de registro gráfico.

Mesoamérica fue el único punto de este continente en donde, como ha dicho Miguel León Portilla, se logró “...encerrar la palabra dentro de un enjambre de signos para preservar la huehuetlatolli” (León Portilla, 1996). Por eso, el mismo León Portilla dice con toda razón que México es una ”tierra de libros” o mejor aún, una amoxtlalli, emulando a los antiguos mexicanos.

Este carácter letrado de México viene de muy atrás, lo que se puede comprobar no sólo con los hallazgos arqueológicos de documentos antiguos y con la presencia de los pocos códices que han sobrevivido hasta hoy, sino también al analizar con cierto detalle el entorno histórico mesoamericano al momento del contacto.

Sabemos que había en el siglo xvi temprano una industria papelera de gran pujanza; a Tenochtitlan llegaban periódicamente remesas de papel de los centros productores, en especial Cuernavaca o Huaxtepec, lo que está claramente detallado por ejemplo en la Matrícula de tributos. Había también una industria química que producía tintas para escribir; los químicos indígenas preparaban el negro con el tizne del pino o del ocote, el amarillo con el zempoasúchitl, el azul con el añil, el rojo con achiote y el púrpura con la cochinilla del nopal. Como sería lógico pensar, una industria de tal calidad respondía a una fuerte demanda.

Sólo han sobrevivido hasta hoy 16 códices prehispánicos, de los cuales la mayor parte se encuentra en repositorios europeos

Sabemos asimismo que existían colecciones documentales de gran riqueza, como las de Texcoco que se guardaban en el palacio de Nezahualcóyotl; es seguro que en Tenochtitlan las haya habido también, desde luego en el tecpan y quizás en otros puntos de la ciudad; la intensa vida política, fiscal y religiosa de la capital tenochca así lo indica.

Lo grave es que estas colecciones documentales se fueron perdiendo por falta de cuidado, por indiferencia o por efecto de la destrucción deliberada. Tan es así que sólo han sobrevivido hasta hoy 16 códices prehispánicos, de los cuales la mayor parte se encuentra en repositorios europeos. Cuatro están en Gran Bretaña, tres en Francia, dos en Austria, dos en el Vaticano, uno en Alemania, uno en España, uno en Italia y solamente dos en México.
En añadidura a estos invaluables tesoros contamos con un rico acervo de documentos conocidos como “códices coloniales”; se trata de un original estilo de códices que surge tras la conquista, como respuesta a la nueva situación política, social, religiosa y económica que exigía urgentemente un sistema de correspondencia mediante el cual se pudieran comunicar eficientemente indios y españoles entre sí.

Así, en la colonia sobrevive la escritura indígena, sólo que ahora se escribe con otro sentido estético, con otro simbolismo, con otro colorido e incluso con otros soportes y diferente instrumental. Y si bien es cierto que los tlacuilos de la colonia siguieron usando sus antiguas técnicas, también lo es que se abrieron a la influencia avasalladora de la cultura occidental, lo que dio como resultado un nuevo arte escriturario enteramente original, único e inédito que nace como producto del encuentro entre dos corrientes culturales, la europea y la indígena mesoamericana.

No se pone en duda la importancia de los códices de México, tanto los que se escribieron antes de la conquista como los que se hicieron después, en un entorno dramáticamente diferente, motivados por otras necesidades y con una inspiración distinta. Tanto éstos como aquellos tienen un gran valor y no sólo porque la información que contienen nos permite asomarnos al pasado, sino porque en su estética y a través de su belleza reforzamos hoy, a 500 años de distancia, un sentido de identidad que nos vincula y nos fortalece.

Por tales razones se presenta hoy, en este número de la revista de la Academia Mexicana de Ciencias, una breve mirada en torno a los libros que se escribieron en este nuevo orbe, antes de que se encontrara con el viejo mundo, y los que todavía por un buen tiempo se siguieron escribiendo después.

Reforzamos hoy, a 500 años de distancia, un sentido de identidad que nos vincula y nos fortalece

Para dar una visión universal del arte escriturario autóctono se escogieron ejemplos de distintos orígenes y épocas diversas. Se incluyen dos códices prehispánicos, el Madrid, de la zona maya, y el Colombino, de la mixteca, así como varios códices coloniales, como el llamado Veinte Mazorcas, del actual estado de Guerrero, los quince códices del convento de Tlalquiltenango, de la zona tlahuica en el estado de Morelos, los del Acolhuacan, provenientes de Texcoco, y del centro de México el Azcatitlan y el Cozcatzin y el García Granados.

Laura Elena Sotelo escribió un artículo titulado “El Códice Madrid, un fascinante libro sagrado de los antiguos mayas”, en el que relata en forma cálida y anecdótica las vivencias personales, vicisitudes y satisfacciones de aquellos que se dedican a leer los códices, todo esto con certera pluma y a través de uno de los únicos tres códices mayas que existen hoy en día.

Manuel Hermann, por su lado, en su artículo “Ritos, sacerdotes y religiosidad en el Códice Colombino”, hace un importante aporte mediante una nueva lectura de los glifos de este valioso y complejo documento mixteco anterior a la conquista. En él se narra no sólo la vida del famoso 8 Venado, sino como señala Hermann, la íntima unión que había entre la religión y la política en los antiguos señoríos mixtecos.

Luz María Mohar escribe sobre un tema que domina, “Los códices en el Acolhuacan”, un sugerente ensayo centrado en los tres documentos más representativos del importante dominio acolhua. En ellos se trata la historia de los chichimecas desde el siglo xii, su asentamiento en el valle de México, sus guerras, sus relaciones exteriores y algo de gran interés: sus conceptos de justicia.

Lourdes Bejarano analiza acuciosamente el “Códice Veinte Mazorcas”, documento originario del actual estado de Guerrero en el que se tratan varios negocios de la antigua provincia de Tlapa. De acuerdo a la autora, este códice contiene cuatro diferentes temas que se le fueron añadiendo a través de los años, respondiendo a las necesidades particulares de los poseedores del códice.

En “Mujeres reales, mujeres cacicas: imágenes del poder”, Sonia Angélica Hernández Rodríguez centra su atención en torno al tema de género en las sociedades indígenas, analizado a través de las figuras de mujeres prominentes que aparecen en el Códice Cozcatzin, el Códice García Granados, el Códice Azcatitlan y el Manuscrito 233 de la Biblioteca Nacional de Francia.

De especial originalidad es el rescate que Laura Elena Hinojosa hace de los códices adosados a los muros del convento de Tlalquiltenango, en el actual estado de Morelos; su artículo titulado “Quince códices en la memoria de un convento” nos permite acercarnos a un conjunto de códices coloniales que por diversas razones, hace cuatro siglos, fueron pegados a los muros de dicho convento.

Finalmente, en el Códice Azcatitlan, del que habla Ana Rita Valero, realizado en la última parte del siglo xvi en el valle de México, podemos hoy leer un relato pormenorizado del acontecer del pueblo mexica, desde la salida de su lugar de origen hasta los primeros años posteriores a la conquista española.

Sirva este número de la prestigiada revista Ciencia para justipreciar, una vez más, el arte de escribir que con especial maestría desarrollaron los hombres del México antiguo hace ya medio milenio.

Bibliografía

León Portilla, Miguel (1996), El destino de la palabra. De la oralidad y los glifos mesoamericanos a la escritura alfabética, México, El Colegio Nacional/Fondo de Cultura Económica, pág. 4.