¡#QuédateEnCasa! Te compartimos todos los números






Globalización y cambios en la calidad de vida en familias campesinas de Yucatán, México

Cómo ha logrado mejorar su calidad de vida la unidad familiar maya de la zona maicera de Yucatán, es el motivo de este artículo. Según su autor, la flexibilidad en los sistemas de subsistencia locales que aquí se detallan, ha contribuido a generar una estrategia exitosa.

Pocas cosas han sido tan consistentes en los últimos cien años como el deterioro en el estado nutricional y la calidad de vida de los campesinos de subsistencia cuando se les incorpora a sistemas comerciales globalizados.

Hay, sin embargo, algunas comunidades campesinas que se han podido integrar a la economía mundial sin que sus hijos caigan en la desnutrición y, aunque muy pocas, existen algunas que han podido hacer uso de las "oportunidades" que ofrece el desarrollo para mejorar su calidad de vida. Contrariamente a lo que se podía esperar, en la mayoría de los casos la explicación del "éxito" de los pocos y el fracaso de la mayoría no se encuentra en las condiciones creadas o en las "oportunidades" generadas por las iniciativas que promueven el desarrollo, sino en el comportamiento de los sistemas adaptativos locales al enfrentarse a las condiciones generadas por la globalización.

Por irónico que parezca, por lo tanto, si los agentes del desarrollo no contaminan el ambiente directamente, no le quitan por la fuerza la tierra al campesino ni lo obligan a trabajar, el desmoronamiento de los sistemas de subsistencia locales y por lo tanto el deterioro de la calidad de vida de los campesinos dependerá sobre todo de las decisiones que ellos tomen. (Para una revisión de la literatura sobre el impacto del desarrollo en la salud, véase Fleuret y Fleruet, 1980.)

En las páginas siguientes describo cómo los sistemas de subsistencia campesinos han enfrentado la globalización; discuto cómo las decisiones que los campesinos han tomado afectaron sus sistemas adaptativos y el impacto que esto ha tenido en la calidad de vida de sus miembros. Después, hago una breve mención del resultado del encuentro entre comunidades de subsistencia en México y las iniciativas de desarrollo que los han querido incorporar, para terminar con mi propio trabajo de investigación en la zona maicera del estado de Yucatán, donde discuto detalladamente cómo los campesinos de esa zona modificaron sus sistemas adaptativos para lograr que las oportunidades que les brindaba el desarrollo de las ciudades de Mérida y Cancún les sirvieran para mejorar su calidad de vida.

Decisiones peligrosas

Sin lugar a dudas la decisión más peligrosa que pueden I tomar los campesinos es la de abandonar o modificar su sis-I tema de producción de alimentos. Durante siglos de adaptación al ambiente, los agricultores han desarrollado complejos sistemas de subsistencia alrededor de un cultivo básico: los ki-ganda, de Rwanda, desarrollaron un sistema basado en el plátano; los aguaraua jíbaro, del Amazonas, en Perú, en la casava; en Asia y Nueva Guinea la subsistencia se basó en el arroz; entre los tswana, del desierto del Kalahari, en Botswana, en el sorgo, y en el Medio Oriente, en el trigo.

En México, se le llama milpa a un policultivo basado en el maíz y que incluye frijoles, raíces comestibles y chile, entre otros cultivos. El sistema de subsistencia, sin embargo, está íntimamente ligado a su ambiente, por lo que no existe una milpa, sino que ésta varía según su localización. En las selvas del sureste de la República, por ejemplo, los campesinos no dependen exclusivamente de los cultivos de la milpa, sino de la relación simbiótica que existe entre ésta y la selva misma, por lo que su abandono, cuando los campesinos se contratan como mano de obra, o su sustitución por un cultivo comercial, tiene impactos directos en la composición del ambiente y en los alimentos disponibles para la unidad doméstica. (Una buena colección de artículos sobre las características de la milpa en Yucatán se encuentra en Zizumbo y colaboradores, 1992.)

Aunque los sistemas campesinos producen, es un error pensar en ellos como una empresa o negocio. En el campo, la familia o unidad doméstica es la unidad productiva básica. Su comportamiento, sin embargo, no es el de una unidad productiva, sino el de la combinación de una unidad productiva y reproductiva. Como sistema adaptativo, la unidad doméstica garantiza el bienestar y la reproducción de sus miembros. Éstos, sin embargo, no están motivados por el éxito de la familia, como podría ocurrir con la motivación detrás de las actividades de un grupo corporativo, sino por su realización personal. Los individuos que componen la unidad tienen intereses diferentes y conflictivos, por lo que la integridad de los sistemas adaptativos locales es resultado de un delicado balance obtenido durante generaciones de lucha y compromisos entre los miembros de la familia con las condiciones ambientales locales. El abandono del sistema de cultivo básico, por tanto, no sólo afecta la disponibilidad de alimentos, sino que su abandono mismo puede alterar el balance interno del sistema adaptativo de la unidad doméstica (véase Netting, Wilk y Arnould, 1984, excelente compendio y análisis sobre la unidad doméstica campesina).

 Quizá los casos más dramáticos, en términos de la velocidad con la que afectan la salud de las mujeres y los niños y conducen a una rápida desintegración familiar, son aquellos donde las iniciativas productivas de la globalización favorecen la sustitución de la producción de alimentos por actividades que incrementan la capacidad de los varones de generar dinero sin empoderar a las mujeres. En la mayoría de los sistemas campesinos de subsistencia de América Latina, África y Asia, son las mujeres las encargadas de la distribución y preparación de los alimentos, así como del gasto de consumo familiar. Los hombres, por otro lado, suelen estar a cargo de la producción de alimentos, y una parte importante del ingreso que generan suele ser destinado a un fondo ceremonial que le da al varón estatus y le genera, en una economía tradicional, los lazos de reciprocidad y apoyo que requiere de otros varones y familias para llevar a cabo con éxito las labores del campo. Estas fiestas o ceremonias tienen en común el uso de bebidas embriagantes, por lo que una y otra vez las iniciativas que aumentan la capacidad de compra de los varones y disminuyen su capacidad de generar alimentos sin empoderar a las mujeres se han traducido en un incremento en el gasto ceremonial de los hombres que favorece el alcoholismo, aumenta la desnutrición infantil, promueve la violencia doméstica y pone en riesgo la integridad de la familia (véase Schoepf y Schoepf, 1987, estudio de caso particularmente interesante).

Los sistemas de subsistencia

La mayoría de sistemas campesinos de subsistencia son redundantes pero poco flexibles: están adaptados de manera que el fracaso de cualquiera de sus opciones productivas no comprometa su estructura, su funcionamiento ni su habilidad de empezar un nuevo ciclo agrícola. A esta característica se le conoce en la literatura de vulnerabilidad a desastres como conservadurismo, y su costo es la falta de flexibilidad. Esta última se debe a la compleja organización y coherencia interna que requieren los sistemas que año con año le apuestan a varias opciones. Esta coherencia, que al mismo tiempo le da flexibilidad de respuesta al sistema como tal ante condiciones adversas, lo hace vulnerable a cambios y reorganizaciones internas, por lo que los cambios en la organización de las estrategias de los sistemas campesinos de subsistencia que obedezcan a estímulos de fuerzas globalizadoras pueden desproteger a sus miembros menos empoderados, aun cuando se mantengan intactos sus sistemas de producción de alimentos.

Entre los cambios de comportamiento que han derivado en el deterioro del bienestar de niños e infantes se encuentran actividades que intuitivamente consideramos apropiadas. Por ejemplo, la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado, así como el incremento de su participación en las labores agrícolas cuando los hombres migran a buscar trabajo en las ciudades, suelen reflejarse en un incremento en el estrés y desnutrición de niños menores de cinco años y lactantes. Esta situación es particularmente grave en el caso de mujeres migrantes, que no cuentan con las redes de apoyo que suelen ofrecer sus familiares más cercanos.

En el centro y norte de México es difícil encontrar agricultores de subsistencia, pero el avance de la globalización en el bienestar de campesinos "tradicionales" ha sido estudiado en comunidades campesinas de Sonora, Guanajuato, Morelos y Tlaxcala por autores como Roberta Baer, Kathryn Dewey, Magali Daltabuit y Alba González. Las fuerzas integradoras han sido proyectos de irrigación, migración a los Estados Unidos y la transformación de una agricultura mixta de subsistencia por la producción exclusiva para el mercado. Los resultados han sido variados, pero en los lugares donde las comunidades mantuvieron el control de sus recursos e insistieron en la producción de alimentos para autoconsumo, la historia ha sido positiva. En cambio, el abandono de estos sistemas ha generado en algunos casos deterioros en el estado nutricional de los niños, pero sobre todo condujo a la desaparición de los sistemas campesinos, y en la altiplanicie, al abandono total de tierras que habían sido cultivadas por cientos de años.

La experiencia del sureste

En el sureste mexicano, existen sistemas de subsistencia I que hasta los años setenta se mantuvieron mucho más al margen del desarrollo del país que los sistemas campesinos del centro y el norte. En éstos, el desarrollo regional ha sido arrollador, y en Chiapas y Tabasco tuvo impactos directos que le quitaron a los sistemas tradicionales la capacidad de cuidar el bienestar biológico de sus miembros. En estos estados la construcción de presas y la ganadería extensiva destruyeron los ecosistemas que les daban sustento, por lo que a pesar de que el desarrollo en el sureste generó riqueza fuera de la región, las condiciones de vida de los campesinos locales, muchos de ellos indígenas, se han deteriorado al grado de que en la actualidad casi todas ellas se han vuelto abiertamente hostiles a las políticas globalizadoras ahora conocidas como neoliberales.

En la península de Yucatán, en lo que se conoce como la región ganadera y la región henequenera, las iniciativas de desarrollo dejaron a los campesinos sin tierra, o bien sus impactos ecológicos les quitaron la habilidad de producir alimentos, por lo que se han presentado problemas de desnutrición y alcoholismo, entre otros. La región maicera del estado de Yucatán, sin embargo, ha sido distinta. Desde la guerra de castas, en el siglo XIX, los campesinos mayas de la región pudieron mantener a raya al Estado mexicano, y después de la Revolución Mexicana, primero como aliados del gobierno a través de las ligas de resistencia y luego como ejidatarios de la Confederación Nacional Campesina, se incorporaron a la política estatal y nacional sin perder el control de sus tierras. A principios de los setenta, el gobierno de la República construyó una carretera que conectó a los campesinos de la zona con el trabajo asalariado que las crecientes ciudades de Cancún y Mérida les ofrecían. A principios de los años ochenta un estudio de Magali Daltabuit y otro de Silvia Terán parecían indicar que la migración de los hombres a las ciudades para conseguir trabajo estaba afectando negativamente a la milpa de los mayas, y que la ausencia de los hombres estaba generando estrés en mujeres y niños que tenían que tomar su lugar en las labores agrícolas. Un estudio de Gurri y colaboradores en los noventa en toda la zona maicera, sin embargo, demostró que después de un pequeño ajuste a fines de los años setenta y principios de los ochenta, los cambios generados por la integración regional en la zona habían reducido las enfermedades infecciosas de los niños, disminuido la mortalidad infantil, mejorado su estado nutricional y acelerado los índices de maduración de jóvenes de ambos sexos. En otras palabras, parece que el desarrollo en la zona maicera mejoró la calidad de vida de los campesinos en tan sólo 15 años (Figura 1) (véase Villanueva, 1994, una historia sobre la formación de las regiones en Yucatán, y Gurri y colaboradores, 2001, análisis de bienestar en los mayas).

El éxito de las poblaciones mayas se debió principalmente a que el trabajo asalariado de las ciudades de Mérida y Cancún se incorporó a la estrategia adaptativa de los mayas como un elemento más de un sistema productivo redundante, en el que la producción local de alimentos para el autoconsumo siguió siendo el ingrediente central. La integración al mercado de trabajo no alteró los mecanismos culturales que dictan reglas de comportamiento que protegen a neonatos, infantes y madres embarazadas o en edad reproductiva, y los cambios que sí generó al interior del sistema fortalecieron la habilidad de los mayas de proteger a sus neonatos, infantes y madres embarazadas.

Producción y reproducción entre los mayas

Como entre todos los campesinos de subsistencia, entre los mayas de la zona maicera la unidad doméstica es la unidad productiva y reproductiva básica. Entre los mayas ésta está constituida por grupos agnáticos (emparentados exclusivamente a través de sus antepasados masculinos) que viven en casas que se encuentran en el mismo solar y comparten un pozo y una cocina (Figura 2). La casa principal es la casa donde se encuentra la cocina y duermen los que todos reconocen como jefes de familia. En las otras casas del solar duermen y guardan sus pertenencias sus hijos casados y sus familias. Sus hijos e hijas solteros generalmente duermen en la casa principal. Bajo la dirección de los jefes de familia, todos los habitantes del solar participan en las actividades reproductivas y productivas que les dan sustento y les permiten crecer. Estas actividades se dividen por edad y sexo, lo que le permitió a la unidad doméstica maya depender de hasta 15 actividades productivas distintas.

Figura 1. Municipios de la zona maicera estudiados por Gurri y colegas en los años noventa.

Figura 2. Solar maya.

La Figura 3 se compone de dos gráficas que nos muestran las actividades productivas en las que participan hombres y mujeres mayas de la zona maicera de diferentes edades. Los datos que se utilizaron para generar estas figuras, los que se mencionaron en el párrafo anterior y los que se utilizarán de aquí en adelante fueron recolectados por el autor entre 1992 y 1995 en siete municipios de la zona maicera de Yucatán, que pueden verse en la Figura 1. Estas dos gráficas nos empiezan a dar una idea de cómo hicieron los mayas para incorporar el trabajo asalariado de las ciudades a su estrategia adaptativa sin abandonar la producción de alimentos ni alterar su sistema de subsistencia. Si vemos, en la gráfica de las actividades de los hombres, la barra para "albañil", y en la de las mujeres la barra para "sirvienta", nos percatamos de que estas dos actividades son realizadas casi exclusivamente por jóvenes de entre 15 y 35 años de edad. La albañilería, para los hombres, y el servicio doméstico, para las mujeres, son las oportunidades de empleo que las grandes inversiones de Mérida y Cancún le han ofrecido a los mayas para mejorar su vida. Afortunadamente para ellos, los miembros de la unidad doméstica maya no tienen que depender de esos salarios para alimentarse, tener un techo y conseguir energía para procesar sus alimentos. La lista de actividades productivas realizadas por hombres y mujeres es amplia. Los jefes de familia, hombres maduros, se dedican a sus milpas; hombres y mujeres cuidan y cultivan sus parcelas de irrigación, cazan, urden hamacas, hacen trabajo asalariado en su comunidad, cultivan en sus solares y recolectan comida y leña en los alrededores para satisfacer las necesidades básicas del hogar. Sólo los jóvenes salen de sus comunidades para traer dinero que puede ser usado en la compra de medicinas, ropa y mejoras para el hogar, por ejemplo pisos de cemento.

a)
b)
Figura 3. Actividades de hombres y mujeres por grupo de edad: a) hombres, b) mujeres

El que hombres y mujeres jóvenes salgan de sus pueblos para aprovechar los empleos generados por los inversionistas extranjeros y nacionales de Mérida y Cancún, sin embargo, no significa que hayan dejado de trabajar en actividades de subsistencia en su comunidad. La Figura 4 grafica la estacionalidad de algunas de las actividades productivas practicadas por los miembros de la unidad doméstica maya. Como se puede ver, el trabajo asalariado se realiza exclusivamente entre los meses de febrero o marzo y mayo, y entre octubre y noviembre. Durante los meses de la temporada de lluvias, cuando hay que sembrar, chapear, doblar y cosechar, los jóvenes de ambos sexos permanecen en sus pueblos, y los meses de diciembre, enero y febrero, en que hay que preparar el terreno para la siguiente siembra, sólo las mujeres salen a las ciudades. El trabajo asalariado de las ciudades se realiza exclusivamente durante los meses en que no hay nada que hacer en el campo, por lo que su integración a la estrategia adapta-tiva de la unidad doméstica maya no afectó de ninguna manera su economía de subsistencia tradicional, y sí les dio dinero.

A pesar de que no abandonaron su sistema de alimentación básico, la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado de las ciudades, sin embargo, sí modificó la estrategia productiva y reproductiva de las unidades domésticas mayas, con implicaciones en el cuidado de los niños y el bienestar de las mujeres en edad reproductiva. El matrimonio entre los mayas es patrilocal, es decir que las mujeres jóvenes se van a vivir con su esposo y sus suegros en cuanto se casan, por lo que dejan de contribuir en la casa de sus padres. Antes de los años setenta y ochenta, esta pérdida podría afectar

a las labores domésticas, mas no implicaba una pérdida productiva. Con la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado, se incrementó el valor de las solteras para la casa paterna, y seguramente la vida independiente en las ciudades les dio a ellas un incentivo para permanecer solteras por más tiempo. Así, con la venia de padres, mujeres, y novios que también disfrutan de una prolongada soltería en los centros urbanos de la península, se incrementó la edad del matrimonio de las mujeres de 14 a 19 años, y la edad al primer hijo de los 16 a los 21. El incremento en la edad al primer hijo se combinó con una reducción en la edad en la que las mujeres dejan de tener hijos y con la manutención de reglas culturales sobre lo que una mujer en edad reproductiva debe o no hacer, así como con creencias sobre la lactancia para proteger la salud y el bienestar de las madres y sus hijos pequeños. Mientras que antes las mujeres tenían hijos durante todo su periodo fértil, en la última década del siglo pasado dejaban de tenerlos entre los 30 y los 35 años (Figura 5). La combinación del incremento en la edad al primer hijo y la reducción en la edad a la que nace el último implicó que disminuyera el número de niños por mujeres adultas en la unidad doméstica, aumentando el tiempo que cada mujer puede dedicar al cuidado de cada niño. El que las mujeres hayan dejado de tener hijos aumentó también el número de mujeres mayores sin hijos. Así, abuelitas y tías abuelas que antes tenían que cuidar a sus propios pequeños ahora ayudan a sus nueras embarazadas y con hijos, liberándolas de labores estresantes y contribuyendo al cuidado de sus nietos.

Figura 4. Estacionalidad en algunas actividades productivas.
Figura 5. Tasa de fecundidad específica por edad y por periodo en la zona maicera.

Tradiciones venturosas

Afortunadamente para las nueras, los mayas tienen peculiaridades culturales que limitan la movilidad de las mujeres embarazadas o recién paridas, y reglas que promueven la lactancia materna. Los niños recién nacidos y sus madres, por ejemplo, tienen que ser protegidos de las miradas de propios y extraños por cuarenta días. Durante esta cuarentena las mujeres permanecen con sus hijos recién nacidos, y toda la unidad doméstica se encarga de sus necesidades, por lo que mientras más mujeres sin hijos pequeños haya alrededor de la madre, mejor cuidados estarán. Además, las mujeres no le retiran el pecho al niño con facilidad. Para ellas el cese de la lactación es un proceso largo y gradual que suele terminar definitivamente cuando se detecta un nuevo embarazo. La capacidad de producir leche es vista como algo relativamente fácil de perder, por lo que las madres tienen que cuidarse. Los cuidados reducen el número y tipo de actividades domésticas pesadas que realizan las mujeres en edad reproductiva (Figura 3) y reducen la frecuencia de coito entre las parejas.

El cambio positivo en el bienestar de los mayas deja claro que las decisiones tomadas por ellos cuando se les presentó la oportunidad de trabajar estacionalmente en Mérida y Cancún fueron adecuadas. Sin duda alguna, la decisión más trascendental fue la de no alterar su sistema de cultivo básico. Esta decisión no sólo promovió la persistencia del sistema adaptativo en general, sino que le da a los mismos mayas continuidad e identidad. Hasta la fecha, hombres y mujeres mayas trabajando temporalmente en las ciudades se saben campesinos, y a los antropólogos que trabajamos con ellos nos lo recalcan con orgullo. Los felices cambios que su participación en el trabajo asalariado promovió al interior de la estrategia adaptativa de la unidad doméstica dan fe de la coherencia y funcionalidad de sus creencias, que fueron capaces de incorporar lo que los beneficiaba y rechazar lo que les hubiera generado problemas. Los cambios generados en la composición de la unidad doméstica, sin embargo, recalcan lo vulnerable que es la integridad de los sistemas adaptativos campesinos, y muestran cómo las mejores intenciones pueden generar condiciones totalmente imprevistas, que en este caso, fortuitamente, favorecieron la adaptabilidad de los mayas, pero que en otras ocasiones podrían perjudicarlos.

Finalmente, termino subrayando que aunque he destacado la importancia de las estrategias de las unidades domésticas en el éxito adaptativo de los campesinos, la unidad doméstica no es el único nivel de interacción que puede afectar el bienestar de los campesinos de subsistencia. La comunidad es un elemento importante, y en la zona maicera donde realicé este estudio, el desarrollo ha neutralizado el poder regulador de las comunidades campesinas que hasta y durante la reforma agraria mantuvieron el balance entre las necesidades de las unidades domésticas y el ecosistema que les pertenece no individualmente, sino como comunidad. La desarticulación de los mecanismos comunitarios de regulación del crecimiento de las unidades domésticas ha generado tal presión sobre los recursos naturales locales que la capacidad de las unidades domésticas de producir alimentos y mantener el sistema que los ha protegido ya se está viendo comprometido (véase Sohn y colaboradores, 1999, análisis de impacto ambiental en la zona maicera).

Bibliografía

Fleuret, P. y A. Fleuret (1980), "Nutrition, consumption and agricultural change", Hum. Org., vol. 39, núm. 3, págs. 250-260.

Gurri, F. D, G. Balam y E. F. Moran (2001), "Well being changes in response to 30 years of regional integration in Maya populations from Yucatan, Mexico", Am. J. Hum. Biol., vol. 13, págs. 590-602.

Netting, R, R. Wilk y E. Arnould (compiladores) (1984), House-holds: Comparative and historical studies of the domestic group, Ber-keley, University of California Press.

Schoepf, B. G. y C. Schoepf (1987), "Food crisis and agrarian change in the eastern highlands of Zaire", Urban Anthropol., vol. 16, núm. 1, págs. 5-37.

Sohn, Y; E. F. Morán y F. D.Gurri (1999), "Deforestation in North-Central Yucatán (1985-1995): Mapping secondary succession of forest and agricultural land use in Sotuta using the cosine of the angle concept", Photogrammetric Engineering and Remote Sensing, vol. 65, núm. 8, págs. 947-958.

Villanueva, E. M. (1994), La formación de las regiones en la agricultura. El caso de Yucatán, Mérida, Maldonado Editores-INI-UADY-CEDRAC.

Zizumbo, D. Z; C. H. Rassmussen, L. Arias y S. C. Terán (compiladores) (1992), La modernización de la milpa: utopía o realidad, Mérida, Centro de Investigaciones Científicas de Yucatán.

Francisco Gurri es doctor en antropología biológica por la Universidad de Indiana, Estados Unidos, y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias. Es director de El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR). Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.