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Mujeres reales, mujeres cacicas: un análisis ...

Introducción

Las sociedades mesoamericanas se regían por un complejo sistema sociopolítico, del cual generalmente se ha destacado el papel de los gobernantes varones.

Por tal motivo, este artículo pretende establecer la importancia de la mujer en el México antiguo, a partir de un pequeño análisis sistemático de la imagen y de los elementos diagnósticos conferidos a ciertas representaciones femeninas, localizadas en un corpus de documentos pictográficos del altiplano central, que nos permiten la introducción de nuevos argumentos sobre el papel preponderante de la mujer. De ahí que las llamemos “imágenes del poder”. De acuerdo con la teoría de la escritura mesoamericana, propuesta por el doctor Joaquín Galarza, partimos de que los códices o documentos pictográficos son escritura, es decir, pertenecen a un sistema de escritura tradicional indígena. Por tal motivo, se llama escritura a “...un conjunto de unidades gráficas mínimas, recurrentes, combinables, que transcriben unidades fonéticas (sonido) y semánticas (significado) de una lengua dada (Galarza, 1996, pág. 153).

La implantación del régimen colonial provocó procesos de cambio en la sociedad indígena, que afectaron múltiples rasgos de su cultura. Este cambio se ve en las representaciones pictográficas de las mujeres, así como en las reglas del sistema de escritura indígena tradicional a partir de sus propias convenciones. Con ello, se entiende la gama de información contenida en este tipo de documentos, que tratan de la cosmovisión del México prehispánico-colonial. Recordemos que este sistema de escritura se vio trastocado, y tuvo que adaptarse a los cambios, y resolver las dificultades que ocasionó la incorporación del castellano para poder continuar con su función social de registro de memoria colectiva, y al mismo tiempo su función de comunicar y dirimir conflictos entre las comunidades y el imperio español.

En este sentido, retomaremos como ejemplo a ciertas mujeres reales, es decir, a las mujeres cacicas, para conocer mejor a aquellas personas que fueron dueñas de tierras antes de la conquista y aún después de ella, y que sustentaron gran poder. (Hay que aclarar que el término “cacica” empezó a utilizarse a mediados del siglo xvi, con la llegada de los europeos, debido a cuestiones jurídico–políticas. Los tlatoques y nobles, antes de ser conquistados, llamaban cihuapilli a las mujeres nobles).

Nuestra tarea es considerar que el estilo, la forma y plasticidad de la representación pictográfica, unidas a un desarrollo histórico, nos servirán para esclarecer este cambio y recuperar el valor de las manifestaciones plásticas indígenas–coloniales, a la luz de los ojos del propio tlacuilo, y tratar de ver cómo dio solución pictográficamente a esta mezcla cultural.

Cuando una niña nacía, ya tenía determinado su ambiente social. Generalmente, si era de la nobleza, la partera le daba la bienvenida con algunos rituales como el baño y el corte del cordón umbilical

Contexto histórico-social del cacicazgo

Parece conveniente dar algunos pormenores de lo que fue el cacicazgo. De acuerdo con algunos autores, antes de la conquista éste era “...hereditario, y pasaba de padres a hijos por orden de primogenitura y a falta de varón a la hija mayor, siempre que casara o estuviera casada con persona de igual categoría o nobleza” (Pastor, 1987, pág. 77).

Al tiempo que los españoles conquistaban la gran Tenochtitlan, la sociedad nahua estaba constituida por dos estamentos sociales: la nobleza, o pillis, y el común del pueblo, o macehuales. La primera se había constituido por medio de funciones heredadas y de matrimonios de las hijas de los señores de los calpullis. Por su parte, los sacerdotes, a la llegada de los españoles, formaban un estamento políticamente muy poderoso y de carácter muy cerrado. Las diferencias entre los dos estamentos sociales indígenas eran profundas y definitivas. Todo, en suma –nacimiento, educación, oficios, honores y hasta vestimenta– dividía perfectamente a estos dos sectores (Gibson, 1977; Broda, 1986; García, 2001; Pastor, 1987).

Cuando una niña nacía, ya tenía determinado su ambiente social. Generalmente, si era de la nobleza, la partera le daba la bienvenida con algunos rituales como el baño y el corte del cordón umbilical. Posteriormente, como lo vemos en fuentes como el Códice Mendocino, empezaba su educación a los tres años: se le enseñaba a utilizar el huso y la rueca, es decir, se le enseñaban los conocimientos generales de toda mujer.

Ya adultas, las mujeres principales tenían el respeto y obediencia del pueblo: gobernaban y mandaban como los señores. De ellas se exigía una serie de virtudes de acuerdo a su estatus social, tales como regir bien a sus vasallos, castigar justamente, poner leyes y dar órdenes. Aquellas que no cumplieran con estos deberes, arruinaban su gobernación (Gibson, 1977, pág. 73).

Al efectuarse la conquista, lo primero que resultó afectado fue la organización social indígena a nivel estatal y regional, y dentro de ella, la aristocracia se vio afectada: tlatoques y cihuapillis, sacerdotes y comerciantes.

El gobierno español, por su propia organización monárquica, consideró a la nobleza indígena como una clase social de enorme interés para las autoridades, ya que se dieron cuenta que ellos eran los que controlaban y representaban al pueblo. A través de ellos era fácil controlar el poder, ya que los españoles desconocían su religión, su tradición, su lengua. Así fue como el tecuhtli indígena tomó importancia debido a que los repartimientos, el control del tributo y la justicia no eran posibles sin él. Eso permitió su supervivencia durante la época colonial.

Entre las transformaciones significativas que trajo la llegada de los españoles estuvo el cambio del término tecuhtli (señor) por el de “cacique” (en el caso de la mujer, cihuapilli por “cacica”). Durante la colonia encontramos entre los indígenas la antigua nobleza, formada por caciques y principales, y la nueva aristocracia proveniente de los antiguos macheuales.

Los caciques tenían funciones gubernativas, judiciales y fiscales, en las cuales les ayudaban los principales. Estas funciones fueron modificadas cuando se introdujo el régimen municipal en los pueblos indígenas, al nombrar alcaldes y gobernadores, aunque en realidad continuaron con el poder durante un largo periodo.

Las indias nobles

La existencia de las cacicas en las sociedades indígenas fue observada por los conquistadores, quienes reconocieron su importancia como autoridades intermedias para controlar al pueblo. El gobierno español les reconoció su posición social y sus derechos, pero con ciertas imposiciones y limitantes. Entre la nobleza indígena, la categoría de “cacica” era transmitida por herencia o por nombramiento del tlatoani; el hecho de ser patrimonial daba lugar a que las mujeres pudieran ocupar el puesto como titulares y heredarlo. Si bien la mujer noble era considerada como una “joya” desde su nacimiento, cuando llegaba a ser cacica era especialmente estimada y respetada.

Las Leyes de Indias tuvieron algunas consideraciones para con esta clase de mujeres, ya que les valieron el reconocimiento de sus derechos a los cacicazgos, con todos sus títulos y privilegios. Así, durante el virreinato las cacicas tuvieron iguales prerrogativas que los caciques varones, fueron reconocidas tanto por los indígenas como por los españoles, quedaron exentas del pago de tributos y tuvieron derecho a recibir tributos de sus cacicazgos, como señoras que eran de sus pueblos, conservando sus tierras y más aún, incrementando su propiedad territorial a base de “mercedes reales”. Las mujeres de sangre mestiza conservaron también todos los derechos de las cacicas indígenas, y se les reconoció el dominio sobre sus tierras.

Entre las concesiones sociales que las indias pretendían, además de las económicas, estaban el derecho de usar los escudos de armas, tener derecho a entierros solemnes, asiento separado en las funciones públicas y ser llevadas a sus casas solemnemente en el medio de transporte que quisieran, excepto en sillas de mano.

En la parte jurídica, al igual que los caciques varones, gozaban de un fuero especial, pues no podían ser aprehendidas por los jueces ordinarios, salvo por delito grave, y el tribunal que veía sus casos era la Real Audiencia. A lo anterior se añadieron otros privilegios como las pensiones que les otorgó la corona, señaladamente a las descendencias de los tlatoque indígenas.

Las Leyes de Indias tuvieron algunas consideraciones para con esta clase de mujeres, ya que les valieron el reconocimiento de sus derechos a los cacicazgos, con todos sus títulos y privilegios

Otro de sus singulares derechos fue el de utilizar caballo para transportarse y acudir directamente al rey con sus peticiones. Hubo dos derechos más que nos dan una imagen de ellas como damas de la Nueva España: uno fue vestirse a la usanza de los españoles, y el otro, el de titularse “doñas”, lo cual indicaba su dignidad de “grandes señoras” con nobles antepasados. En aquellos tiempos, ese título era tan importante que en los procesos judiciales y aun en el ingreso a instituciones se aducía como título de hidalguía el de ser llamados “don” y “doña”. Además, los reyes les concedieron escudos de armas, que ellas utilizaron para hacer valer sus derechos y que podían colocar en sus casas; en algunos casos, tenían el derecho a usar la vara de mando (García, 2001; Pastor, 1987).

El interés de conservar a la nobleza indígena durante la colonia exigió que se establecieran ciertas normas para proteger la sucesión. Se sabía que unos caciques lo eran por nombramiento de Moctezuma, en tanto que otros lo eran por herencia de padres y abuelos, y que algunos más lo eran por elección. Al consumarse la conquista, la cosa se complicó, ya que los encomenderos, así como los frailes, se tomaron la libertad de nombrar nobles ellos también. Esta nobleza indígena se conservó hasta la época independiente, ya que en ella se desconocieron la validez de títulos, escudos de armas y demás privilegios otorgados por los monarcas españoles. Los nobles indígenas desaparecieron como clase social. Esta serie de hechos fueron motivo posteriormente de diversos pleitos y litigios: es así como conocemos una serie de documentos que fueron producidos dentro del aparato administrativo colonial, elaborados en ciertos casos con fines precisos ligados principalmente a problemas de tenencia de la tierra o a los intentos de la nobleza antigua por recuperar sus privilegios.

De las numerosas mujeres que fueron titulares de cacicazgos, podemos mencionar a doña Isabel Moctezuma, doña Juana de los Ángeles cacica de Xochimilco, doña Juana de los Ángeles, hija de don Diego Tlilpotonqui Señor de Tepetlaoztoc, a doña María de Mendoza Austria y Moctezuma, a doña Mónica de Mendoza de Austria Moctezuma, a doña Ana María Moctezuma Cano y a la infanta Beatriz Cano, entre otras.

Como consecuencia de este análisis sistemático, la primera imagen a describir podemos localizarla en el Códice Cozcatzin (f.1v), perteneciente al siglo xvi y cuyo contenido es de tipo histórico-genealógico.

Asumimos que se trata de doña Isabel Moctezuma, y que de acuerdo con lo que se sabe, ella fue hija legítima del emperador y la emperatriz Teizcalco. En nombre de Carlos V recibió en 1523 la encomienda de Tacuba, por ser considerada heredera del señor de México, y fue colmada de grandes privilegios, donde este cacicazgo pasó a sus hijos varones para posteriormente pasar a una mujer, doña María Cano Moctezuma. Doña Isabel fue la mujer del conquistador Alonso de Grado (Alvarado) (Figura 1).

En este caso, y a juzgar por la pictografía, el tlacuilo la identificó dibujando sobre ella el glifo de Moctezuma, su padre, restándole importancia a su propio nombre, Ichcaxo¯chitl, que puede ser traducido como “flor de algodón”.

Dentro de la misma pictografía hay una glosa que dice: “Doña Isabel de Muntesçuma, hermana de don Pedro Tlacaquepan. Hija del emperador Muntesçuma de México”.

En cuanto a sus elementos diagnósticos, en una primera lectura tenemos (véase Figura 1):

a) Descripción: Este elemento está conformado por un conjunto de líneas mixtas delineadas en color negro con coloración de la superficie con técnica de aguada, que representan una figura humana femenina.

b) Dentro de sus atributos: Podemos decir que está sentada a la manera tradicional indígena, o sea, en cuclillas sobre sus propias piernas plegadas. En cuanto a su indumentaria, ella porta un elegante huipilli de algodón delgado, bordado al estilo tenixyo (con ojos por toda la orilla, según con lo registrado por fray Bernardino de Sahagún), el cual es una vestimenta propia de la mujer. Es una camisa larga, de una sola pieza, y en la parte superior se distingue la apertura o cuello para introducir la cabeza; está decorada con un cuadrado a la altura del pecho, conocido comúnmente como “cuadrete”. Aparte del adorno en la apertura superior se puede ver que presenta un diseño en la parte inferior, que enmarcan, en este caso, aplicaciones de finísimo pelo de pecho de conejo, que se conoce como tocho¯mitl (Motolinía: pág. 259).

En cuanto al cueitl, representan las “naguas” o enredo de una mujer. Aunque no se ve enteramente, presenta un diseño o ribete en la parte inferior, en este caso enmarcado sutilmente por líneas mixtas delineadas en color negro, formando grecas. Las naguas eran utilizadas por las mujeres, y se presupone que en este caso se trata de una pieza elaborada a base de algodón, material que era utilizado sólo por las mujeres nobles.

Sus pies aparecen desnudos; est á peinada a la manera tradicional de las mujeres en el México antiguo, que consistía en cabello largo colocado hacia atrás, circularmente en amplia curva sobre la nuca y después recogido hacia delante, terminado en una especie de “cornezuelos” que sobresalen de la frente. También podía ser trenzado y enredado con el mismo pelo a la altura de la frente, es decir que pudiera ser que este peinado alto estuviera formado de dos trenzas que se ajustan a la altura de la cabeza dando un aspecto de “cuernos” o puntas levantadas. Podemos decir que era un peinado a la manera clásica o tradicional de las mujeres mexicas.

c) Comentarios: De acuerdo con sus atributos, como el peinado y la vestimenta, podemos inferir que se trata de una mujer y señora importante, noble y casada, de la más alta jerarquía social de la época.

De acuerdo con nuestro análisis podemos decir que esta imagen nos da el trasfondo o información básica, mucho más colorido, sobre la manera de vestir de la antigua nobleza, mostrándonos una expresión plástica en donde plasmaron los referentes de su propia realidad, como el lector verá.

Nuestra segunda imagen es otra representación de la misma doña Isabel Moctezuma, la cual podemos ver en el Códice García Granados A4, del grupo Techialoyan, cuyo contenido temático es sobre tierras.

Nos habla de nuevas convenciones, pero al mismo tiempo el contenido aún está apegado al mundo nahua, y las mismas formas y convenciones varían de las españolas, a veces en sutilezas, a veces en rasgos básicos. Ya empieza a darse una variación en la plasticidad indígena: si bien se sigue utilizando la escritura tradicional indígena, también se observan nuevas técnicas, como recurrir a cuerpos representados casi de frente (Figura 2).

La tercera pictografía muestra otra escena de una mujer cacica; la encontramos registrada en el Códice Azcatitlan, lámina xxix. Como podemos ver, es una mujer montada según la costumbre de su sexo; lleva un sombrero y un manto en la cabeza. No se puede saber si es casada, pero muy probablemente era una mujer noble, por ir montada a caballo (derecho de las cacicas). Cabe destacar que va ataviada por ropas ya no tan tradicionales, como el huipilli, además de llevar zapatos negros. Los demás detalles de esta escena se refieren a: “...una procesión de personas a caballo... Más abajo y en la esquina izquierda, una mujer les acompaña, montada según la costumbre de su sexo.” De esta imagen podemos mencionar que las formas ya revelan una fuerte influencia española, donde no sólo se ve el cambio en los trazos sino también las nuevas temáticas, producto del aparato administrativo colonial (Figura 3).

La cuarta pictografía femenina muestra a una cacica llamada doña María Ylamateutli, señora de Cholula, cuyo esposo fue el cacique Quetzalcoatzin. Se encuentra ataviada con un huipilli verde jade y cuadrete blanco en el pecho. Doña María luce un rostro hierático que dibuja una adusta senectud; como remate de solemnidad, un pequeño sirviente transporta un parasol con el que cubre al ilustre personaje.

De esta imagen podemos destacar que ya se muestra claramente influida por las convenciones españolas; no hay énfasis en la indumentaria y a la plasticidad nahua se le resta importancia. La nueva organización colonial está presente (Figura 4).

Finalmente tenemos una quinta imagen, del manuscrito 233 que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia (este material forma parte del Proyecto Amoxcalli del CIESAS DF-Conacyt, a cargo de la doctora Luz María Mohar Betancourt), donde nos muestra un detalle de la descendencia de la familia Moctezuma Cano. En ella podemos ver cómo se va modificando la manera de representar a las mujeres, y como detalle podemos ver a la infanta Beatriz Cano con un estilo muy distinto en su manera de vestir e incluso en su peinado (Figura 5).

Consideraciones finales

Primeramente, debo resaltar la importancia de trabajar este tipo de documentos; debemos mantener en claro que los códices son un sistema de escritura, línea de investigación que aún sigue en desarrollo constante. De igual forma, debemos tomarlos también como una expresión plástica cuyos autores, los tlacuilos, plasman los referentes de su propia realidad, es decir, dejan huella de la cultura intangible generada por la sociedad en la cual estaban inmersos, desde luego sin perder de vista el objeto de estudio.

Así, hay que destacar que el estudio de estas pictografías de mujeres cacicas permitió esbozar la forma y función de las tradiciones históricas nahuas y examinar cómo fueron modificadas por la conquista y el subsiguiente gobierno colonial español. Nos hablan del papel preponderante de la mujer, ya que tanto en la cultura española como en la indígena, durante la época colonial, las mujeres podían hacerse valer.

De igual manera, y de acuerdo al desglose de estas pocas imágenes, podemos concluir tentativamente que hubo un declive de la simbología prehispánica y que se presentó la aparición de formas expresivas que anunciaban nuevas realidades: imágenes que se confeccionaron con varios fines, ilustraciones que permiten ver la espectacularidad y grandiosidad características de las ceremonias y símbolos del poder de éstas en la Nueva España.

También podemos decir que para la época colonial se desarrolló un estilo que simplificaba radicalmente la iconografía antigua, y se incorporaron ciertos elementos culturales nuevos como iglesias, molinos, animales, etcétera, combinando glifos con letras y desarrollando nuevos temas. En este sentido, pudimos ver que en los primeros tiempos coloniales las mujeres eran representadas sentadas a la forma tradicional y de perfil; con el paso del tiempo esto se modificó al grado de que podemos ver representaciones de mujeres de frente, vestidas a la usanza española y montadas a caballo.

 

Finalmente, podemos decir que para finales del siglo xvi y principios del xvii, la imagen va degenerando y perdiendo calidad; en cambio, el alfabeto con caracteres latinos empieza a dominar los escritos. Así, los nobles indígenas se apropian de los nuevos símbolos para poner por escrito su derechos de linaje y los de sus tierras.

Bibliografía

Broda, Johanna (en prensa), “La comunidad indígena en el siglo xvi, reflexiones históricas y teóricas” (versión revisada de la publicada en 1980, bajo el título de: “Corona española, comunidades indígenas y tributo en el centro de México, en el siglo xvi”, Cuicuilco, ENAH, México, Año 1, Núm. 2, págs. 29-36).

Fernández de Recas, Guillermo (1961), Cacicazgos y nobiliarios indígenas de la Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma de México, pág. 351 (con ilustraciones). García Castro, René (2001), “De señoríos a pueblos de indios. La transición en la región otomiana de Toluca (1521-1550)”, en Francisco Hermosillo Adams (coord.), Gobierno y economía en los pueblos indios del México colonial, México, inah, págs. 193-211.

Galarza, Joaquín (1979), Estudios de escritura indígena tradicional. Azteca-náhuatl, México, Archivo General de la Nación, CISINAH, (colección “Manuscritos Indígenas Tradicionales”, 1). Gibson, Charles (1977), “Encomiendas y corregimientos”, en Los aztecas bajo el dominio español 1519-1810, 3ª. edición, México, Siglo xxi, págs. 63-100.

Pastor, Rodolfo (1987), “Conquista e institucionalización del dominio español”, en Campesinos y reformas: la mixteca 1700-1856, México, Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México, págs. 63-102.

 


Sonia Angélica Hernández Rodríguez es maestra en historia y etnohistoria por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Actualmente está suscrita al doctorado por la misma institución. Hizo su tesis sobre el tema “La mujer en los códices nahuas: un acercamiento pictográfico”. Su tema de interés es el análisis del sistema de escritura tradicional indígena-náhuatl. Participó en el Mega Proyecto Amoxcalli ciesas-Conacyt con la elaboración del diccionario de glifos del Documento No. 029 de la Biblioteca Nacional de Francia.
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